
Ahí está… casi cubierto por los cojines y sábanas. Una puede estar todo el día trajinando a su alrededor sin notarlo. Incluso dormir a su lado y no sentirlo. Pero si giras en ti, cambias la posición durmiente o te lanzas cansada al colchón, recién llegada del trabajo… sientes su pequeño cuerpecito, como si fuera un par de medias dobladas o un bultico de ropa interior olvidada. “I love you”… te dice… “I love you” te repite… y si quisieras oírlo decirte de nuevo “I love you”, te lo dirá dos veces más al apretujarlo levemente. A veces me llega su amor mecánico cuando más angustiada estoy y busco refugio en las almohadas. Ahí está, fiel, para recibir todo el peso de mi cuerpo y decirme dos veces… que me ama. Es efectivamente abrazable para tardes de gorriones, memorias oxidadas, llantos rabiosos.
Ha perdido su corazoncito de tela de tantos estrujones accidentales y no tan accidentales, caídas de la cama y de lanzamientos deportivos hacia el closet, cuando sobra en una cama generalmente ocupada por dos. Sin embargo sigue saliendo su vocecita de bebé oso de la mágica caja que tiene en su interior. Me pregunto ¿qué pasará cuando su estela de amor se agote con tanta demanda?
Pienso que seguirá siendo abrazable...
...y entonces yo misma me diré mientras lo presiono a mi pecho… dos veces… “I love you”.





