Finísimas espirales de vapor, danzan en ascenso desde mi pródiga taza de loza blanquísima, conteniendo a duras penas el oscuro elemento que me mantiene atenta a esta pantalla, ventana de luz.
Pestañeo varias veces, para recordarme que estoy viva y que no soy sólo un montón de huesos y ligamentos, sentada sobre mi miseria humana. Dejo caer con pereza mis dedos sobre este caos de caracteres de cuadratura plástica, para modelar las palabras que preciso, voces mudas que pintarán sobre este lienzo blanco, el rostro de absoluta incomprensión sobre lo que sucede en mi interior.
Escribo, escribo sin dirección ni sentido lógico. Dejo que las palabras emerjan como barcos fantasmas de mi mente. Les permito fluir libres hasta donde quiero, y luego las hundo sin piedad en el olvido. Me pregunto porque hago esta sandez, y me contesto que ni idea de lo que me ocurre hoy. He decidido emancipar mis pensamientos, mucho tiempo prisioneros del miedo imbatible a ser sorprendidos a la luz pública de los críticos más astringentes.
Algo me dice que pierdo el tiempo hablando conmigo misma, pena de muerte a toda reflexión que invento diabólicamente en cada párrafo escrito. Falsas retóricas que consuelan maternalmente mis propios errores. Lamiendo mis magulladuras con edulcorada compasión, cuando convendría estampar mi rostro sobre una pared de realidades concluyentes e inexcusables, espinas engendradas de la semilla de mi insensatez.
En estos momentos de total irracionalidad (¿o racionalidad?), es cuando realmente me invade la nostalgia de la palabra amiga que te zarandea sin maltratarte. Esa que te sacude la modorra en la que una cae, intoxicada con irrisibles utopías, fabricadas con migajas de volátil e intensa placidez. Esa, que te indica la senda de consecuencias que dejas atrás, casi inexistente desde nuestra percepción nublada de deseos y quimeras.
¿Pero qué hago, sino quejarme? ¿Culpar a otros de no advertirme, de las bajadas abruptas, escondidas en atajos a una defectuosa copia de felicidad? He dejado salir mis demonios, me aferro a mi taza de café y bebo las últimas lágrimas del mes. Ya soy libre.